En todos los rincones de Guatemala — desde las majestuosas procesiones de La Antigua hasta las tradicionales velaciones — las hermandades han sido por generaciones el rostro visible de la fe popular. Son parte del alma religiosa del país, expresión de devoción, sacrificio y servicio. Pero hoy, en los 22 departamentos del país, muchas de estas hermandades están dando señales de desgaste espiritual profundo. La hipocresía ha reemplazado al amor, el protocolo ha sustituido al Evangelio, y el propósito original —la evangelización— ha sido dejado de lado.
En Guatemala capital, Antigua Guatemala, Quetzaltenango, que son los departamentos con mayor arraigo católico y tradición procesional, la situación no es diferente. Lo que una vez fue un espacio de hermandad y entrega, hoy a menudo se vive como un campo de competencia, de rivalidades ocultas, de jerarquías impuestas, y de apariencias cuidadosamente construidas para agradar al ojo humano más que al corazón de Dios. Las velaciones se planifican con precisión artística, pero sin oración. Las procesiones extraordinarias se organizan con esmero, pero con corazones fríos, distantes entre sí, vacíos de fraternidad.
Y esta misma realidad se repite -tristemente- en los demás departamentos que conforman la república de Guatemala. No se trata de señalar a uno u otro departamento, sino de reconocer una verdad que nos atraviesa como Iglesia nacional: las hermandades están perdiendo el amor.
El amor fraterno que da sentido al servicio. El amor que evangeliza con el ejemplo. El amor que pone al otro antes que al yo. Ese amor que debería ser el sello distintivo de quienes caminan bajo el anda, preparan un altar o cargan una imagen sagrada. Pero lo que vemos con frecuencia son pleitos por cargos, elitismo disfrazado de tradición, críticas entre hermanos, y actitudes que escandalizan más que edifican.
La evangelización, que debía ser el eje central de las hermandades, brilla por su ausencia. ¿Dónde están los esfuerzos por formar a los jóvenes? ¿Por llevar consuelo a los enfermos? ¿Por predicar a través de obras concretas de misericordia? Se invierte tiempo y recursos en túnicas, marchas fúnebres, estructuras y decoración, pero muy poco en sembrar el Evangelio en los corazones.
Las procesiones extraordinarias, cada vez más frecuentes, muchas veces reflejan más un interés por resaltar ante los ojos del público, que un deseo genuino de acercar a Cristo a los alejados. Se proyecta perfección estética, pero se oculta pobreza espiritual.
No se trata de desechar la tradición, sino de rescatar su verdadero propósito. Las imágenes, las andas, las velaciones, las marchas y el incienso son medios, no el fin. El fin es Cristo. El fin es evangelizar. El fin es amar.
Guatemala necesita hermandades renovadas, no por fuera, sino por dentro. Que sus miembros vivan lo que proclaman, que dejen de mirarse entre ellos con juicio y aprendan a mirarse con compasión. Que entiendan que no es más valioso el que más carga, sino el que más ama. Que comprendan que el único protagonista en todo esto es Jesucristo, no nosotros.
La tradición es hermosa, pero sin amor es solo espectáculo. La devoción es poderosa, pero sin humildad es solo ruido. Y la hermandad, sin fraternidad, es solo una palabra vacía.
Aún hay tiempo. Que esta crítica sea un espejo, no una condena. Un llamado a volver a los esencial. A recordar que todo esto- procesiones, velaciones, reuniones, cultos y solemnidades- tienen sentido únicamente si conducen al amor, al servicio y sobre todo a CRISTO.
Por: Patricia Barrios